El número de teléfono que juramos que no era de nadie
Necesitábamos un número de teléfono para probar algo. Elegimos uno de esos que uno jura que no puede ser de nadie real. Alguien contestó. Y pensó que le habíamos hackeado el banco.
En nuestros primeros meses, cuando aún todo era prototipos, pruebas y SaaS que nadie más ha visto (con razón — el ojo de un novato mirando su propia app jurando que va a funcionar es un espectáculo aparte), nos tocó trastear por primera vez con la integración de números de teléfono en nuestras aplicaciones.
Necesitábamos probar el envío y la captura de mensajes. Podíamos usar algún servicio de números virtuales para eso, pero en nuestra cabeza de entonces —con ese aplomo tan propio de quien lleva dos meses programando en serio— nos pareció más sencillo tirar de un número inventado. De esos que uno mira y piensa: "este es imposible que sea de nadie". Lo juramos, literalmente, en voz alta, delante del ordenador.
El momento de verdad
Contestó.
Y no cualquier persona: la que tenía, por lo visto, el número de teléfono más raro y más real que hemos visto en la vida. Al otro lado, alguien que no tenía ni idea de quiénes éramos ni qué estábamos probando, y que de repente empezó a recibir mensajes rarísimos desde un número desconocido.
Se lo tomó, con toda la razón del mundo, como el principio de un robo de identidad en toda regla: pensó que la habíamos hackeado, que la habíamos localizado, que íbamos a por sus cuentas del banco. Nos disculpamos como se disculpa alguien que sabe que la ha liado: rápido, claro, sin excusas de por medio. Al final, esta persona maravillosa lo entendió — pero eso no quita la espinita de haberla liado por no haber sido más cuidadosos desde el principio.
La moraleja
El número no era imposible. Era solo improbable, que no es lo mismo. Desde entonces, cero números "aleatorios" inventados a ojo: servicios de prueba pensados para esto, números de sandbox, o los nuestros propios. Un dato de prueba, conectado aunque sea por accidente a una persona real, deja de ser una prueba y se convierte en el problema de otra persona. Aprendimos a ser más cuidadosos con los datos que usamos para probar — sobre todo cuando ese dato puede hacerle sonar el teléfono a alguien que no tiene nada que ver.