📰 Los mil y un nombres de mi SaaS
Pasé meses perfeccionando mi SaaS. Diseño, arquitectura, documentación. Todo pulido al milímetro. Cuando por fin estuve listo para comprarlo, el dominio no estaba disponible. Buscamos otro. Tampoco. Cara de póker y nombre por decidir.
Todo empezó un día sin nada especial. De esos en los que estás tú en tu mundo, dándole vueltas a la vida, y de repente te cae una pregunta del cielo: ¿por qué no tenemos ningún SaaS?
No era un reproche. Era una observación. Somos una empresa de software. Construimos cosas para otros. Automatizamos, desplegamos, diseñamos. Y sin embargo, ahí estábamos: sin producto propio que pudiéramos llamar nuestro de verdad, con nombre, dominio y todo.
No tardé mucho en convencerme. Y en cuanto me convencí, hice lo que hago siempre que tengo una idea que me parece brillante: fui a contársela a José María.
Al día siguiente nos pusimos con una lluvia de ideas. De esas sesiones donde todo parece posible y nadie todavía ha tenido que hablar de plazos ni de arquitectura. Salieron dos ideas. La de José María orientada a público general — algo que pudiera usar cualquier persona con una conexión a internet y ganas de simplificarse la vida. La mía orientada a entornos corporativos — más compleja, más específica, con más capas.
El plan era claro: cada uno lideraría el suyo, aunque ambos participaríamos en el del otro. Código, arquitectura, decisiones de producto — trabajo conjunto, responsabilidades divididas. En teoría, perfecto.
En teoría.
Como el mío iba dirigido a empresas, quería cuidar los detalles más de lo habitual. Entornos corporativos no perdonan los bordes sin pulir. Quería la documentación impecable, la arquitectura bien pensada, el diseño revisado, la experiencia de usuario trabajada. Nada de lanzar por lanzar.
Así que le propuse a José María que lanzara él primero mientras el mío maduraba. Él arrancó. Yo me puse a construir algo que, cuando saliera, fuera a salir bien.
Pasan semanas. Meses. José María lanza su SaaS. Yo sigo en modo arquitecto: revisando, ajustando, documentando. Añadiendo una capa aquí, refinando un detalle allá. La landing ya está terminada. El producto, listo. Todo en su sitio.
Y llega el día. El momento. A comprar el dominio.
El momento de verdad
No estaba disponible.
Ya había un SaaS con ese nombre. No uno cualquiera: uno activo, con usuarios, con presencia. Alguien se nos había adelantado sin saber que lo estaba haciendo.
Bien. No pasa nada. Son cosas que ocurren. Buscamos alternativas, le damos una vuelta, encontramos otro nombre que encaja igual de bien — o mejor, incluso. El producto no cambia. Es solo un nombre.
Vamos a comprarlo.
Tampoco estaba disponible.
En el tiempo que habíamos tardado en encontrar la alternativa, alguien más había aparecido. Otro SaaS, otro dominio registrado, otro nombre que ya no era nuestro.
Aquí fue cuando me puse cara de póker. No de los que fingen tranquilidad. De los que no saben muy bien qué expresión poner porque la realidad se ha vuelto demasiado absurda para reaccionar con normalidad.
Dos nombres. Dos veces. El mercado no esperó.
La moraleja
El perfeccionismo tiene un coste que no aparece en ninguna hoja de cálculo.
Mientras yo pulía la arquitectura y revisaba el diseño por décima vez, el mundo seguía girando. Y eso incluye a otras personas teniendo ideas parecidas, registrando dominios, lanzando productos. No porque me estuvieran copiando — es que el tiempo no hace excepciones ni para los proyectos bien documentados.
Lo gracioso — o lo que te ríes después, cuando ya no duele — es que la estrategia tenía todo el sentido. Hacer las cosas bien, tomarse el tiempo necesario, no lanzar por lanzar. Nadie puede reprocharte eso.
Pero el mercado no entiende de intenciones. Solo de fechas.
Al final encontramos un nombre. Uno que, de momento, sigue siendo nuestro. No voy a decirlo aquí por si acaso — que ya sé cómo funciona esto.